Muestra de Gervasio Sánchez. “Desaparecidos”

Una muestra que hiela los huesos.

El de los “Desaparecidos” es un tema que siempre me ha interesado y mucho.

Soy de la quinta que nació en plena dictadura militar en Argentina y, si bien es verdad que, afortunadamente, no viví de primera mano ninguna desgracia – como el de una desaparición en mi familia o algo similar – sí es verdad que, a través de amigos y allegados el tema me tocó bastante cerca.

Ayer, visité en el CCCB de Barcelona, la muestra de Gervasio Sánchez sobre los “Desaparecidos” (no solo de Argentina sino también de Chile, Guatemala, Iraq, Bosnia-Herzegovina, Colombia) y tengo que decir que además de encontrar lugares comunes – la Escuela de Mecánica de la Armada queda a pocas calles de mi casa en Buenos Aires – encontré que el fotógrafo no perdió detalle a la hora de contar (a través sus imágenes) el proceso por el que pasan las “víctimas reales” de esas dictaduras. Los familiares de quienes desaparecieron.

Las fotografías no me resultaron tan impactantes como el modo en que se cuenta la historia. El paso de los centros de tortura a la exhumación de cadáveres en fosas comunes; los familiares pudiendo ¡por fin! Saber que fue de sus padres, hijas, nietos, hermanas, maridos…

El trabajo de los antropólogos forenses a la hora de identificar los huesos de las víctimas para así poder dar respuestas a quienes tanto han sufrido por la espera y la incertidumbre.

Cada rincón, cada detalle estuvieron contemplados – al menos esa fue mi impresión –  en la investigación de esta obra que le llevó al autor 12 años de trabajo. Valió la pena el esfuerzo.

Como agregado, tuve la suerte de encontrar, en la sala (a las once de la mañana) al propio fotógrafo guiando un grupo de adolescentes a través de toda la exposición explicando, una a una la vivencia detrás de cada fotografía. No quise sumarme al grupo, quizás por timidez, pero hice el intento de escuchar lo que decía sobre algunas de las fotos que más me interesaban. No agregó mucho a lo que ya se podía ver en las imágenes, lo cual consideré como algo bueno ya que las imágenes lo decían todo.

Solo me quedé con una frase que les dijo a los jóvenes cuando pasaban delante de las fotografías de los familiares recibiendo los restos de sus seres queridos.

No la anoté y tampoco la recuerdo exactamente. Pero dijo algo así. “Recibían los restos con alivio, se había terminado una búsqueda desesperada…” “En ningún momento de los que presencié, escuché de alguno de los pariente la palabra venganza”.

Ahora podrían enterrarlos como se merecían.

Ahora sí sabrían donde estaban. Ya no serían mas “Desaparecidos”.

Mariano Re

Día de la Juventud

Febrero. Me detuve a pensar sobre lo que estaba haciendo el año pasado para estas fechas. Mi memoria retrocedió hasta Camerún, Busque en el archivo y encontré un articulo que publique por aquellos días. Fue sobre el día de la juventud que allí se festeja el 14 de febrero. La primera publicación fue sin fotos así que hoy me permito agregarlas para ilustrar un poco  lo que a veces las palabras no pueden mostrar. 

Éxitos.

Ya desde muy temprano podían verse hordas de niños caminando hacia la calle principal. Todos, envueltos en sus impecables uniformes escolares. Decenas de distintos atuendos. Azules y blancos, violetas con azul, camisas celestes y conjuntos marrón caqui. Se preparaban para su día de celebración. El día de la juventud.

Cerca de las nueve de la mañana comenzaron a llegar los lujosos coches de los que bajaban ministros, delegados, gendarmes, jefes de policía y por supuesto el propio alcalde de Fundong.

Junto a sus esposas y acompañantes –cubiertas en suntuosos trajes y joyas- se acomodaron sobre las gradas.

Una alfombra (que en algún momento habría sido roja, pero que ahora apenas dejaba entrever un rosa apagado) y un decorado de chillonas flores artificiales “alumbraban” la escena. Delante, alta en un mástil hondeaba endeble la bandera de Camerún.

Dos o tres fotógrafos –con sus máquinas de marcas alemanas o checoslovacas de los años setenta-se disputaban a los distintos dignatarios para obtener algún retrato que luego venderían a buen precio a los retratados. Yo, por mi parte, logré conseguir una acreditación para fotografiar el evento por solo 2000 CFA (aproximadamente 3 euros). Pero a diferencia de mis colegas no me dediqué a fotografiar peces gordos sino que me dispuse a recorrer las inmediaciones para intentar captar el ambiente festivo.

La ceremonia dio comienzo con el himno nacional- cantado por un coro de adolescentes- seguido por un discurso (mal grabado en una cinta de cassette) del presidente Paul Biya, el cual, hacía hincapié en la importancia de los jóvenes para el futuro de la nación. Nada se dijo de la importancia de mejoras muy necesarias en el sistema educativo.

Después de la iniciación oficial del evento, comenzó el desfile. Colegio tras colegio se sucedían marchando a través de la calle principal pasando frente a las gradas.

La policía se forzaba por mantener a los espectadores fuera de la carretera por la que pasaba el desfile. Empujones y amenazas con palos eran las técnicas más utilizadas.

Luego el desfile se dio su lugar a distintas actuaciones juveniles-bailes tradicionales y grupos de cantos- en las que cada escuela exhibía sus mejores cualidades.

La tradición exige que si a los altos cargos, que se encuentran el las gradas (a la sombra) les agrada la actuación, se acercan hasta los “artistas” y les – arrojan- dinero sobre las cabezas.

El acto oficial concluyó con la entrega de premios a distintas instituciones presentes (instituciones que presuntamente generan algún beneficio para la educación). Los premios consistían en sacos de semillas, máquinas de fumigar y carretillas. Además hubo una importante donación de medicamentos para la malaria ofrecida por el alcalde, seguida de otra- no menos importante- de otorgación gratuita de documentos de identidad para aquellas personas que no lo tengan. El presentador explicó que era por el bien de la población y “no solo por la cercanía de las elecciones este año”.

Al finalizar, los mandatarios se dirigieron en  sus lujosos coches  hacia un hotel cercano  para continuar la celebración, donde les esperaba un gran banquete y mis colegas fotógrafos.

Los niños volvieron a sus casas para cambiarse el único uniforme –apropiadamente lavado para la ocasión- para ponerse la misma ropa que usan día a día (digo misma porque es la única muda que tienen). Luego de vuelta a la calle para seguir su “celebración” a muchos de ellos se les podía ver nuevamente con sus habituales palanganas de bananas sobre la cabeza, vendiendo; otros, los más afortunados, se les veía jugando con un palo intentando mantener un plato rodando por el suelo en equilibrio. Todos, invariablemente con una enorme sonrisa en la cara disfrutando a su humilde manera (como les dejan) de ese divino tesoro, La Juventud.

Yo vuelvo a casa. De camino me cruzo a muchos de ellos que conozco. Me saludan alegremente, sonríen. Los saludo y les deseo feliz día.

Mariano Re

Nuevo en el pueblo

Hay ciertas situaciones dentro de las costumbres de una sociedad que se pueden aplicar a la mayoría de los casos. Por ejemplo: una persona llega de visita a un pequeño pueblo en cualquier parte del mundo. Esta situación representa, para la gente del lugar, una nueva atracción. Algo que los saca de la vida rutinaria y los transporta a un mundo nuevo, casi de fantasía.

Cuando el forastero –durante los primeros días- se pasea por el pueblo, entra a hacer compras en algún comercio o, simplemente, se deja ver en uno de los dos o tres bares que en éste hay, las gentes del lugar comienzan a hacer sus conjeturas. Se teje toda una red de ideas imaginarias sobre el origen y la naturaleza del visitante. “Creo que escuche que alguien dijo que venía de…” o “Por el aspecto que tiene probablemente sea…”

La capacidad del ser humano de inventar nuevas teorías es maravillosa.

Por lo general, todo esto sucede entre los primeros días o las primeras semanas. Todo depende de la habilidad que uno tenga para relacionarse: si se es más tímido el proceso será más largo; en cambio si uno es desenvuelto disipará las dudas rápidamente.

Si en el lugar que estamos visitando ya conocemos a alguien, éste nos servirá de guía, intermediario e interprete.

La primera es una función muy importante. Un guía nos hará conocer los mejores lugares del pueblo y los de mayor atractivo. Nos dirá los lugares con precios más accesibles y aquellos en los que seguramente intenten estafarnos.

La segunda es, sin duda, otra función de gran peso. El intermediario, como tal, nos presentará a la gente del pueblo –siempre siguiendo sus criterios sobre quien es digno de ser conocido y quien no- con la cual iremos, poco a poco, entablando relaciones que nos llevarán a conocer otros intermediarios, es decir, nos harán conocer a su vez más gente, otros círculos (véase bibliografia sobre la estructura del Facebook).

Por último –y ésta sea probablemente la función más importante de las tres- esta el intérprete. Aunque en el lugar que estemos visitando hablen la misma lengua que nosotros, el intérprete seguirá siendo de gran ayuda. A través de él podremos entender las distintas situaciones de suma importancia para nuestra comprensión del entorno.

Debido a que en un pueblo pequeño todo el mundo se conoce y, a su vez, todo lo que sucede es –aunque muchos lo nieguen- de interés público, la presencia de un intérprete es esencial para captar todo lo que sucede alrededor. Sin él, la mayoría de las situaciones –muchas de las cuales son centrales a la hora de comprender el funcionamiento de una cultura/sociedad- se nos escaparían de delante de nuestras narices.

En África, cuando un llega a un pueblo para instalarse por una temporada, los aspectos generales de este encuentro forastero/lugareño no cambian demasiado en relación con lo que sucedería en un pueblo de Latinoamérica o Europa. Hay solo algunas diferencias. La primera y, quizás la más obvia está relacionada con nuestro aspecto. Nuestra condición de “hombre blanco” o Whiteman (como aquí nos llaman) es inequívoca.

No hay modo que a alguien se le escape que un hombre blanco a puesto un pie en el pueblo. El porqué salta “a la vista”.

En Europa puede que pasen uno o –máximo- dos días hasta que todo el pueblo sepa que alguien nuevo ha llegado al pueblo. Aquí, en cambio, todo el proceso es mucho más veloz. Cuestión de horas, ¡quizás minutos! Apenas nos bajamos del autobús -o el coche- que nos trajo hasta el lugar, decenas de personas nos han visto. Hemos captado su atención en seguida. No tardarán en trasmitirlo a sus conciudadanos (esto pasa en todo el mundo). El primer avistamiento es mucho mas rápido aquí que en otros lugares, pero la velocidad en que se corre la voz es igual en todos lados.

Después de esta primera etapa – de avistamiento o localización del objetivo- se pasa a una segunda fase. La de reconocimiento. Ésta se puede dar de dos maneras diferentes.

La primera -y ésta es igual en todo el mundo- es la de conjeturar y fantasear sobre ciertas posibilidades (fase ya descrita previamente); la segunda, en cambio, es ya típica africana. Consiste en mirar fijamente al forastero esperando a que éste cruce su mirada con la del lugareño, momento en el cual el lugareño con la mano estirada, intrépida, se lanza hasta alcanzar la otra mano para agitarla con energía. Acto seguido comienzan una serie de preguntas sobre nuestro origen y nuestro propósito en el pueblo.

Esta técnica es algo menos discreta que las técnicas utilizadas en Europa o Sudamérica, pero mucho más efectiva para disipar, rápidamente las dudas. Aunque, ciertamente, genera menos misterio y, en corto tiempo, hace que las cosas vuelvan a la aburrida –pero tan gustosa- normalidad.

Muchos convienen en que prefieren la primera ya que da más que hablar durante un periodo mas prolongado.

De todas formas quienes venimos de afuera no nos enteraremos hasta pasado un largo periodo sobre los comentarios y teorías fantasiosas que se generaron en torno a nuestra persona.

Yo, por mi parte, todavía no se cuales fueron las ideas que se formaron sobre mí. Pero estoy convencido que, a estas alturas, han quedado de lado muchos misterios.

Mariano Re

Un comité de bienvenida

Llegamos al aeropuerto de Douala sobre las 4 de la madrugada. La noche todavía es profunda.

Al bajar del avión el calor ya se hace sentir. Pesado, asfixiante. Tropical. El aire dulce y pegajoso nos abraza. No tardamos mucho es abandonar los abrigos que traemos puestos desde una Europa hundida por completo en la estación invernal.

Los controles de migración y la aduana no han sido un problema. Alguna mirada sospechosa y varias preguntas, pero nada más.

A la salida del aeropuerto nos espera Enock, un muchacho camerunés de sonrisa amplia y ojos entornados. Su baja estatura y su delgadez le dan el aspecto de un niño, sensación que aumenta al ver en él una simpática timidez.

No tarda en reconocernos. En el avión éramos solo unos pocos blancos.

Él será quien nos lleve hasta el pueblo de Fundong. Nuestro primer asentamiento en Camerún.

 

Fundong esta situado en la provincia Noroeste del país en las llamadas Highlands (Tierras Altas). Una de las pocas regiones anglófonas del territorio.

Todo Camerún ha sido victima de diferentes corrientes colonizadoras. Fue, en un principio sometida por la Alemania de Bismark a finales del siglo XIX. Luego, hacia 1919, tras haber concluido la Primera Guerra Mundial, Francia y Gran Bretaña tomaron posesión y se dividieron el país, quedando bajo control francés aproximadamente un setenta por ciento de los territorios ocupados mientras que el treinta por ciento restante quedó en manos de la corona británica (fundamentalmente las provincias del oeste de Camerún). Finalmente el 1 de enero de 1960, tras una independencia prácticamente pacífica del país, se formó la actual República de Camerún.

Ambas lenguas -inglés y francés- son, hoy, lenguas oficiales en Camerún. En la práctica, solo una pequeña parte de la población habla inglés mientras que el francés esta mucho más extendido.

 

 

Ya fuera del aeropuerto tomamos un taxi hasta la estación de autobuses de Douala. El sol aún no asoma, razón por la cual no pude apreciar mucho a mí alrededor.

 

Douala es la capital económica del país (la capital política es Yaundé)  y a su vez es la ciudad más grande con más de dos millones de habitantes. Debe su fuerte expansión económica a su condición de ciudad-puerto. Una de las más importantes del África occidental.

 

Durante el camino hacia la estación de autobuses no pude evitar el asombro ante la cantidad de corredores que se veían por las calles. ¡Son las cinco de la mañana! En mis primeras horas en Camerún no podría hacer un juicio sobre como es la gente de aquí, pero se diría que son amantes de la buena salud.

Además de estos madrugadores deportistas hubo otra cosa que llamó mi atención: es que en estos parajes, la vida en general, comienza muy temprano. A ambos lados de la carretera que recorremos con el taxi los comerciantes ya preparan sus mercancías. Desde carnes y verduras, hasta golosinas y encendedores podían, ya, verse en exposición en los puestos callejeros. Unas estructuras formadas por cuatro palos de madera y un tablón. Los más sofisticados también poseen un techo para cubrirse en las inclementes horas del mediodía.

Parecía que se preparaban para un día ajetreado.

 

En la estación de autobuses, la cantidad de gente también me resulto excesiva para la hora que era. Enock –probablemente al ver mi cara de desconcierto- me explico que aquí los autobuses hacen dos recorridos. Los que viajan de noche y los que viajan durante el día. Los que viajan por la noche acaban de llegar. Por eso la estación esta sumergida en tal ebullición. La gente lucha por recoger sus pertenencias. Los taxistas por coger pasajeros y nosotros luchamos para sacarnos los taxistas de encima. Por ahora no vamos a ninguna parte.

Tranquilamente –nos movemos a un ritmo diferente del que nos rodea- nos sentamos en unos bancos bajo un tinglado. Nuestro autobús no saldrá hasta dentro de varias horas. Hay que esperar. Esperar a que abran las ventanillas donde nos venderán los billetes y luego esperar a que el autobús salga. ¿Horarios? La cosa no es tan fácil. “Hay que esperar a que éste se llene” me dice Enock, “podemos relajarnos, tenemos tiempo”. Yo le hago caso y me duermo en el banco de madera.

Esperamos aproximadamente cuatro horas hasta que nuestro autobús se llenó –yo usaría mas bien el termino desbordó, pero son criterios- y pudimos continuar nuestro viaje.

 

El trayecto hasta Fundong fue, resumiendo en tres palabras: largo (algo más 8 horas); duro (hago referencia a los asientos) y polvoriento. Sobre todo polvoriento.

 

Estamos en la estación seca –que va desde noviembre a mediados de marzo- en la cual el polvo es el amo y señor de todas las carreteras en esta parte del mundo. Un polvo invariablemente suspendido en el aire. Los paisajes, a lo lejos, adoptan un color azulado. Apenas se pueden adivinar las siluetas de las colinas del otro lado del valle de Mezam, por donde viaja nuestro autobús.

 

Finalmente, ya entrada la noche, llegamos a Fundong. Agotados, cubiertos de tierra y equipajes nos dirigimos hacía la que sería nuestra casa durante los próximos dos o tres meses. La noche es tan oscura que apenas si podemos ver la espalda de quien nos guía y que está a tan solo un metro de nuestros ojos. No vemos nada pero podemos presentir el camino de tierra bajo nuestros pies.

Por fin llegamos a la casa. Las luces están encendidas. Una comitiva nos esperaba dentro para darnos una calurosa bienvenida.

 

 

Mariano Re