El Fantástico Universo de las Baldosas Flojas.

No quisiera faltar a la verdad si digo que es aquí, en Buenos Aires, el único lugar donde se las puede encontrar.

Están ahí, acechando. Agazapadas en alguna esquina o delante de la puerta de nuestras casas, esperando a que pongamos un pie sobre ellas para escupir desde sus entrañas el agua pútrida que han ido acumulando lluvia tras lluvia hasta que algún ingenuo peregrino se topa con ellas.

Cuántos trajes camino a una entrevista de trabajo habrán arruinado. Cuántos vestidos de dulces primeras citas estropean todavía hoy. Quién, al menos una vez en su vida no ha recibido su bautismo.

Nuestra rabia ante un evento como este se agiganta ante la impotencia. ¿Contra quién reaccionar? Esto no es Ginebra o Viena, donde probablemente podamos acudir al ayuntamiento y poner un reclamo por no mantener las calles en condiciones. Seguramente recibamos una suculenta indemnización que supera el precio de la indumentaria perjudicada.

Aquí no, no hay nadie a quien elevar nuestras quejas, así que canalizamos nuestra furia hacia la inanimada baldosa que acaba de mostrarse impertinente con nosotros y, dirigiéndonos directamente a ella esgrimimos una puteada en segunda persona. Probablemente haremos referencia a SU madre o a SU hermana.

Para aumentar nuestra ira nunca falta aquel sujeto (este puede ser un amigo que nos acompaña o un simple paseante) que emite una ahogada carcajada o hace algún comentario fuera de lugar.

Así, seguimos nuestro camino, humillados, maltratados, impotentes ante una situación irreversible. Probablemente entremos en el bar más cercano para intentar solucionar el percance con un poco de agua y jabón. Los más quisquillosos y los que tengan tiempo de sobra, quizás vuelvan a sus casas y se cambien de ropa.

Otros, los que estamos de vacaciones y poco nos importa la presencia de nuestros pantalones continuaremos hacia donde nos dirigíamos pensando en que tal vez podamos escribir algo que es particular, hasta diría exclusivo, de esta ciudad que tantas anécdotas nos regala día a día.

Con un poco de suerte (aunque es más una vana esperanza) este texto le de a alguien que tenga el poder, la iniciativa para arreglar las cientos de miles de baldosas que han provocado a través de los años tantas maldiciones. Sino volvamos a las calles de tierra, donde uno ya sabe lo que le espera cuando llueve y no hay tantas sorpresas.

Esos muchos primeros días

Despierto. Mis ojos se encuentran con un techo blanco que no logro reconocer. Desde mi posición horizontal, la mirada recorre la habitación. Nada me es familiar. Miro a mi lado, Bianca, eterna, infinita. Siempre. Quizás sea la única constante en esta movilidad permanente. Duerme.

Me levanto del colchón que esta tirado en el suelo. Mis pies descalzos recorren las baldosas frías de esta casa vacía por primera vez.

Me acerco a la ventana, la abro (o miro a través del vidrio). Afuera, un nuevo paisaje. Casas nuevas, ventanas nuevas, copiosas antenas de televisión sobre nuevas terrazas. Todo es novedoso. La calle es nueva. ¡Mi calle!

Aquí es cuando comienza todo. La ansiedad, las preguntas. ¿Habré hecho bien? ¿Porqué abandonar la comodidad de mi antiguo y conocido Código Postal? ¿Porqué agitar las aguas cuando todo en la superficie parece estar tan en calma? Preguntas para las que no tengo respuesta. Dudas. ¡Magnificas dudas! En algún lugar leí -o mi memoria distorsionada por el tiempo y la imaginación se lo inventó- que las dudas encierran todo lo que podemos aprender. Seguramente así sea. Probablemente dudar y errar sean los pilares del aprendizaje. ¡Quien tenga una certeza que tire la primera piedra!

Me acerco nuevamente a la ventana. Miro hacia afuera. Ahora, ese mismo paisaje me es familiar. Ya he visto esas ventanas, esas casas con sus antenas sobre los techos. Alguien camina sobre el empedrado de la calle que ahora siento un poco más mía, no tan extraña. Esa visión me tranquiliza.

Regreso a la cama (o al colchón que esta tirado sobre el suelo). Bianca sigue ahí. Todavía duerme. Cuando se despierte le tocará a ella pasar por lo mismo. Prefiero no despertarla. La imagen me resulta tan acogedora que vuelvo a dormir. Las sábanas ya son también un poco mas mías. De a poco me acostumbro.

Tatú Carreta

Parque Centenario. Sobre las siete de la tarde toco el timbre de una de esas puertas de hierro antiguas con vidrio opaco que no permite ver hacia dentro y que tanto se repiten en esta magnifica urbe. Me abren desde arriba. Atravieso un fresco zaguán algo descascarado y subo las escaleras otro tanto derruidas. Míticos caserones de Buenos Aires.

En la puerta un cartel que dice Alto Voltaje. Ese es el nombre de la sala de ensayo donde más tarde tendré el placer de compartir unos temas con Tatú Carreta, una gran banda blusera del underground porteño.

La tele está trasmitiendo el partido de Argentina- Colombia, nuestra selección pierde uno a cero, así que en la sala no se escatiman las puteadas y los comentarios de quién debería jugar y quién debería “irse a casa a tomar unos mates, en vez de estar dentro del campo haciendo payasadas”. Así es nuestro amor por el fútbol.

Un breve paso por la terraza para hacer chisporrotear los últimos cigarros y unas birritas para un brindis de reencuentro y por los viejos tiempos.

Mientras, abajo se calientan las válvulas de esos equipos que pronto soltaran desde sus entrañas poderosos acordes y sheites.

Se afinan bajos y guitarras, se ajustan los volúmenes y 1, 2, 3… pura vida.

El repertorio atraviesa varios temas propios de antaño, algún que otro cover de David Lebón, Albert King o –a pedido mío- del infaltable Norberto “Pappo” Napolitano a modo de humilde homenaje de nuestra parte para uno de los más grandes guitarristas de la música nacional; y por supuesto algún temita nuevo que promete y entusiasma.

Después de algunos años de alejamiento, Tatú Carreta vuelve a atravesar las carreteras con ese duro caparazón que los caracteriza. Como si el tiempo nunca los hubiese separado, estos cuatro músicos que durante cerca de diez años han recorrido sendos escenarios de la ciudad de Buenos Aires preparan hoy un nuevo concierto en un secreto teatro del centro con fecha a determinar (probablemente a finales de mes o principios de diciembre) y, según ellos, con algún final que “pulir”. Para mí, suena a gloria.

Sea como sea, mis esperanzas se vuelcan a que pueda ver nuevamente a mis hermanos en el escenario y quien te dice poder acompañarlos con algún acorde y en uno de esos temas que tanto me gustan.

Desde mi rincón, éxitos queridos!

Un largo camino a casa

Otro viaje. Aunque este no sea igual a los demás. Este es realmente especial. Vuelvo a casa, a la génesis. Ya han pasado cuatro eternos años desde mi última visita. Seguramente muchos cambios. Algún negocio que ya no esta donde solía estar. Amigos y familiares cambiados. Nuevos integrantes de mi gran familia…

Muchas ganas de llegar, de aterrizar y ver que todo sigue ahí -en realidad las cosas nunca cambian tanto en el entorno más cercano- que Todos siguen ahí. Siempre alguno falta, lamentablemente y muy a mi pesar hay gente que ya no veré.

Todavía falta lo peor; un terrible día y medio de viaje entre autobuses, aviones y escalas inútiles.

Como se puede explicar que el vuelo más económico para cruzar desde España a Argentina (aproximadamente unos 10000 kilometros). Salga de Madrid, vaya a Roma, para después volver sobre sus pasos, y girar en dirección sur hacia el sur de América. inconcebible.

Pero así es, en total me esperan unas 35 horas para llegar a destino. No es algo que me detenga.

Para el camino, un par de libros buenos. Un mundo feliz, de Aldous Huxley y Microcosmos, de Claudio Magris. Ambos grandes viajeros, cada uno a su modo. Seguramente serán excelentes compañeros.

Ahora algo de Arcade Fire sonando de fondo para digerir los nervios. Dulces nervios.

Me llevo conmigo la ilusión de volver saciado de cariño para seguir adelante y traer muchas historias nuevas, fotos y memorables recuerdos.

Los tendré al tanto.

Pequeños y gratos momentos de felicidad

Este fin de semana tuve la suerte -no todos fueron tan afortunados- de visitar nuevamente Cádiz.

Es, sin duda,  uno de esos lugares que nunca me decepcionan. Siempre vuelvo a casa completamente saciado, en todo sentido. Buena comida, buen mosto, buena música y sobre todo una compañía inmejorable.

En esta ocasión la excusa fue el festival Monkey Week. Confieso que solo lo pise un día y parcialmente (por eso decía que fue únicamente una excusa).

De cualquier manera fue una escapada sublime.

Hoy, ya de vuelta, todas las ocupaciones cotidianas se hacen  más llevaderas. Mientras trabajo, me asalta algún recuerdo furtivo del fin de semana que me arranca una sonrisa. Supongo que a eso se le da el nombre de “instante feliz”. Aquel que queda impreso a largo plazo y del que puedes disfrutar más de una vez trayéndolo de nuevo en la memoria.

Otro de los momentos mágicos de este viaje fue el paso por la estación de autobuses. Me recordó cuánto me gustan estos lugares (así como las estaciones de trenes). Son zonas de transición que crean un escenario idílico. Al menos eso es lo que me trasmiten. desde el instante en que uno cruza el umbral todo se transforma, entramos en una especie de capsula del tiempo.

Últimamente he viajado mucho más que nada en la furgoneta (que también es algo que me fascina) y debido a esto pisé más bien pocas estaciones, pero cuando el viernes pasado entre en la terminal de autobuses de Sevilla volví a experimentar esa sensación que tanto me agrada.

No es solo la estación, es el viaje en sí. Dejarse llevar (a diferencia de cuando uno debe conducir), tener mucho tiempo a disposición (acá los retrasos son bastante comunes pero ¡que más da!) Leer, disfrutar del magnifico paisaje…

Claro esta que, volviendo a la realidad, este pequeño y grato momento en el mágico mundo de los medios de trasporte, se lo debo a que tuve que dejar la furgoneta en el taller por un problema con el embrague que me supondrá unos 130 euros pero bueno, no por nada he titulado este fragmento “Pequeños y gratos momentos de felicidad”. Ese es el equilibrio de la vida.

Mientras tanto me quedo con lo disfrutado, lo comido, lo bebido y el placer que me da viajar en autobús y visitar amigos. Se repetirá.