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Universos Paralelos

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Parece ser que mi habitación ha cobrado vida y ahora se engulle las cosas. Todos los días me desaparece una cosa nueva. Al principio pensé que tal vez estuviera perdiendo un poco la cabeza, que mi memoria se veía tempranamente deteriorada o que simplemente estaba atravesando una época de mi vida en la cual prestaba menos atención a las cosas materiales. Pero no, nada de esto es cierto. La realidad -y esto lo descubrí esta mañana cuando vi desaparecer ante mis ojos una caja de curitas-  es que después de muchos años de sospecha ahora tengo la certeza de que mi habitación tiene la excepcional habilidad de hacer desaparecer las cosas. Un cuaderno primero, luego una maquina de cortar el pelo, un paquete de curitas, calcetines (normalmente uno solo del par en cuestión). Ya no me interesan tanto las cosas en sí, sino más bien su paradero ¿Un universo paralelo? Me encantaría un día poder echar un vistazo como si fuera a través de un mirilla y disfrutar de la maravillosa visión de espiar mis cosas perdidas, algunas de ellas desaparecidas hace años, incluso borradas de mi memoria completamente. Con un poco de suerte un día de estos me lleve a mí y no me devuelve nunca.

Poética de una Luz que entra por la ventana.

Viva, creadora, extraterrestre. Por las mañanas se cuela a través de una persiana entreabierta. Intrusa, acaricia suavemente los cuerpos desnudos de los amantes enredados en las sábanas. Los desvela y los guía hacia el olor del café.

En el pequeño bar de la esquina atraviesa el cristal. Algo difusa llega hasta la mesa que está junto a la ventana de marcos de madera pintados de azul. Un halo ilumina las manos que, impacientes, escriben sobre un cuaderno de hojas lisas. Se alarga frase tras frase y se extiende hasta caer al suelo, como si quisiera ella también acercarse a la barra y pedir otra copa.

En las calles que recorro, los balcones abiertos de par en par la invitan a inundar cada habitación llegando a todos los rincones. En sus brazos extendidos, las partículas de polvo bailan, festejando la invitación.

Al atardecer, oblicua y cálida, estalla contra el parabrisas del coche. Encandila. Afuera, reverbera en el asfalto y brinda la breve ilusión del agua.

Sin prisas, se esconde detrás del horizonte, pícara. Se oculta con la seguridad que solo ella tiene de que mañana volverá nuevamente a su juego.

En la oscuridad de la noche otra luz, artificial y entrometida. Invade las casas esta vez sin permiso, sin ser bienvenida. Cansa la vista y nos va empujando de a poco al abismo de los sueños. Cedemos con la esperanza de que aquella otra, con su inocencia, descubra por la mañana nuestros cuerpos. Suavemente nos desvele y nos acompañe de la mano hasta el mágico momento del café.

Buenos días.

Mariano Re